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El legado de Juana de Arco

El legado de Juana de Arco

Mucho se ha dicho y escrito sobre el coraje, y se ha representado de muchas formas a través de la historia. El arte lo ha elegido tema de innumerables obras; algunas permanecen en el tiempo hasta nuestros días. Ha inspirado versos, mitos y elegías. Canciones y odas se han entonado, en las que héroes y leyendas pretenden encarnar el valor y la osadía puestos al servicio de un objetivo noble y glorioso, generalmente expresado en batalla. Pero una pregunta persiste:

¿cuál es la verdadera naturaleza del coraje?

¿Son la audacia y la bravura manifestadas en el campo de batalla la única forma en la que puede expresarse como virtud, o será que en los actos cotidianos de personas comunes puede encontrarse el coraje? ¿Será que puede hallarse grandeza en lo pequeño, fortaleza en la aparente fragilidad?

¿Dónde podemos comenzar a buscar ejemplos de coraje? ¿Estará esta virtud representada en la naturaleza? El bambú tiene raíces fuertes y profundas; se dobla, pero resiste con magnífico coraje los vientos y las tempestades más fuertes. Como símbolo de magistral paciencia y perseverancia, durante siete años de aparente inactividad desarrolla bajo tierra las bases que le permitirán permanecer fuerte y fiel a su naturaleza durante mucho tiempo.

¿Será que el coraje se basa en la fuerza física? La legendaria historia de David y Goliat parece contradecir esa lógica. Un joven pastor, sin entrenamiento en combate y con pocos recursos, apenas una piedra, pudo vencer a un gigante fuerte, bien armado, y con el apoyo de un gran ejército. La determinación fue la clave de su victoria, convencido de una verdad que para él era una realidad por la que estaba dispuesto a arriesgar su vida, como lo demuestran las palabras que le dirigió a su enemigo:

“Tu vienes a mí con una espada […] pero yo voy contra ti en el nombre de […] Dios.”

La vida y la obra de una niña nacida en Francia en el siglo XV, conocida como la Doncella de Orleans, parece responder con particular énfasis a estas preguntas. A los 14 años, respondiendo a un llamado que resonó en ella con una fuerza ineludible, salió de su aldea y, sin mirar atrás, emprendió una tarea colosal, como si con sus actos dijera:

“Aquí estoy yo, envíame a mí”.

De orígenes sencillos, pero poseedora de una nobleza auténtica. Sin experiencia ni formación militar, pero impulsada por una voluntad y convicción inquebrantables. Delicada como una flor, pero con más fuerza que mil espadas. Careciendo de las condiciones que los poderosos consideraban requisitos para un líder, supo ser ejemplo de mansedumbre, candor y bondad, y con sus acciones guio a un ejército a la victoria, y a un pueblo a su liberación. Una hazaña inconcebible en cualquier tiempo, pero llevada a cabo con la potencia de una verdad reconocida, aceptada y vivida de manera plena, que se convirtió en su razón de ser.

¿Por qué recordamos a Juana? ¿Por qué recoger su legado?

Como el efecto del sutil aleteo de una mariposa, nuestras acciones tienen efectos insospechados que hacen eco en la eternidad. Los ecos de las acciones de Juana y el propósito que las determinó perduran, y son una fuente de inspiración para librar hoy nuestras propias batallas, y llevar a cabo nuestras propias epopeyas, aquellas que tienen lugar dentro de nosotros mismos. Hoy necesitamos el mismo coraje para conservar la calma en medio de la tempestad, para ver la belleza en medio de la oscuridad, para mantenernos firmes y dignos, siguiendo lo que sabemos que es correcto a pesar de las pruebas. Para vencer el miedo y seguir avanzando, con paso firme y mirada al frente.

Si observamos con cuidado el sendero que Juana de Arco eligió, si podemos oír con claridad los ecos de su vida, quizás podamos reconocer en ella la presencia del ejemplo de su maestro Jesucristo quien, al acercarse la hora de su prueba suprema, pudo decir con firme convicción:

“Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo”

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